Los viejos miradores (1ª parte)

Los viejos miradores (1ª parte)

Entre los elementos más singulares de la arquitectura calceatense están sus antiguos miradores de madera pintados de blanco. La ciudad conserva aún un pequeño pero interesante conjunto concentrado principalmente en la calle Pinar, pudiéndose fechar entre finales del siglo XIX y principios del XX. Existen además otros más recientes que en cierto modo continúan con esa tradición constructiva, si bien se han perdido interesantes ejemplos por haber desaparecido los edificios en los que estaban colocados, o por haber sido eliminados debido a su deterioro.

Estos característicos elementos que embellecen las calles y que son objeto de admiración por muchas de las personas que se acercan a la ciudad, fueron construidos generalmente por carpinteros locales que, por lo visto en muchos casos, tenían más de artistas que de trabajadores de la madera.

Aunque su denominación podría hablarnos de que estaban destinados a ser lugares relacionados con el asueto y hasta con el cotilleo, en realidad su cometido principal fue el de atrapar los rayos de sol en los largos períodos de frío que sufre la ciudad, y con ello calentar las estancias principales de las casas. Ciudades como Haro, Burgos y especialmente Vitoria, con inviernos duros como el calceatense, poseen elegantes y numerosos miradores.

No obstante, y como su nombre indica, no hay que desdeñar su otra tradicional función, es decir, la de ser un lugar privilegiado desde el que observar lo que pasa en la calle. Por lo general ofrecieron y aún ofrecen inmejorables vistas de las calles más céntricas de la ciudad.

Los miradores de la calle Pinar

La calle Pinar es la que concentra el mayor número de ellos. En concreto son ocho los edificios que albergan antiguos miradores. Esta calle siempre fue la más comercial de la ciudad y en la que surgieron los edificios de la burguesía ocupada en el comercio, así como en actividades profesionales, la cual se podía permitir levantar amplias casas con bellos miradores. En concreto la zona que tradicionalmente acumuló mayor actividad fue la que iba desde la calle Isidoro Salas hasta la calle de la Alameda, y es precisamente ahí donde más ejemplos surgieron y se conservan. Por otro lado, la mayoría se encuentran orientados al mediodía.

El primero de ellos se ubica en el número 22 de la calle (fotografía 1). A pesar de estar muy deteriorado, es un mirador de gran calidad, no en vano fue realizado por el dueño de la casa, Olazábal, que era carpintero. Ocupa los dos pisos del edificio y se trata de uno de los más interesantes, siendo el único que se conserva con persianas.

Fotografía 1

Fotografía 1

Pero quizás el más espectacular de todos los que se pueden ver en la actualidad sea el ubicado en la siguiente casa, que hace esquina con la calle de la Alameda. Fue edificada por la familia Ferrer, propietaria de una banca y de un comercio de tejidos, ambos negocios situados en sus bajos (fotografía 2). En su origen la casa no tuvo mirador, y todo parece indicar que se colocó en los primeros años del siglo XX ocupando los dos pisos. Este ejemplar, de color blanco, se extiende por las dos fachadas sin llegar a cubrirlas en su totalidad, uniéndose en la esquina mediante un mirador curvo. Es el único de estas características que se conserva en la ciudad, si bien existió otro muy parecido en el edificio del desaparecido Café Suizo, en la esquina de las calles Alcalde Rodolfo Varona con San Roque.

Fotografía 2

Fotografía 2

El siguiente mirador, también de dos pisos y del mismo color blanco, ocupa la parte central del gran edificio situado en el número 22. Posiblemente también sea de comienzos del siglo XX, y destaca por sus característicos arcos y una bella rejería (fotografía 3).

Fotografía 3

Fotografía 3

Los dos siguientes se encuentran en los números 38 y 40 y de nuevo están pintados en ese típico color blanco. En este caso ambos ocupan la práctica totalidad de las respectivas fachadas. Poseen decoración a base de pequeños arcos, listones curvos y sencillas flores, y están muy bien conservados. Es posible que se colocasen a la vez. La casa número 40 fue propiedad del comerciante Fermín Gallego desde finales del siglo XIX, en cuyo local tenía un comercio de tejidos, y posteriormente de su hijo, el abogado Alejandro Gallego Benito. El primero de ellos recuerda por su decoración al de la casa de los Ferrer, sin embargo el segundo posee los mismos arquillos que el del número 22 de la misma calle (fotografía 4).

Fotografía 4

Fotografía 4

En el mismo lado pero en la plazuela existente en la embocadura de la calle Isidoro Salas, se conserva otro gran mirador blanco bastante deteriorado que ocupa los dos pisos del alto edificio en el que se encuentra, el cual podría también fecharse a inicios del siglo XX. Su decoración y diseño lo emparenta con el de la calle Pinar 38 (fotografía 5).

Fotografía 5

Fotografía 5

El primer mirador del lado de los impares de esta misma calle no lo encontramos hasta el número 67. De nuevo es un bello ejemplar de parecidas características a los anteriores y que vuelve a ocupar prácticamente toda la fachada. Seguidamente nos encontramos con un edificio en el que se puede observar otra tipología de mirador. En este caso no se optó por cubrir toda la fachada, sino que se construyeron dos bellos y elegantes miradores en paralelo, cada uno de los cuales ocupa los dos pisos principales del edificio. La casa fue construida por el hacendado Aureliano Tejada a finales del siglo XIX y posteriormente adquirida por la familia Velasco en las primeras décadas del siglo XX (fotografía 6).

Fotografía 6

Fotografía 6

(Continuará)

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