La Real fábrica de telas: el inicio de la industria calceatense

La Real fábrica de telas: el inicio de la industria calceatense

La Real fábrica de telas de Pérez Iñigo, nacida a finales del siglo XVIII, fue un proyecto industrial pionero en la ciudad y sin duda el más importante de cuantos nacieron en Santo Domingo de la Calzada hasta principios del siglo XX. Su relevancia excedió lo meramente económico, pues ayudó a paliar la mendicidad y al desarrollo urbano de una significativa zona de la ciudad. Respondió fielmente al espíritu del momento, siendo un claro ejemplo de los proyectos ilustrados que surgieron en aquel siglo en España. Como en este caso, fueron promovidos por personas inquietas que vieron en sus iniciativas personales una manera de fomentar el desarrollo del país.

El proyecto fabril dio sus primeros pasos en septiembre de 1786, momento en el que José Antonio Pérez Íñigo, comerciante de origen logroñés casado con una calceatense, solicitó al ayuntamiento unos terrenos situados extramuros de la ciudad y junto al barrio de San Francisco. En ellos pretendía levantar una gran fábrica de telas movida por la fuerza del agua en la que daría trabajo a las personas atendidas en la recién creada Casa de Misericordia. También solicitó en ese momento otros terrenos en Villalobar, entonces aldea calceatense, en los que construiría un batán.

A pesar del apoyo absoluto del ayuntamiento calceatense, en un principio no consiguió el de la Corona debido a la oposición firme e intransigente de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, gestores de la Real fábrica de Ezcaray, los cuales consiguieron paralizar su construcción. No obstante, tras varios escritos y gestiones personales del propio Pérez Íñigo, en 1788 se reanudó la construcción con proyecto del arquitecto Vicente Monasterio. Tras aunar los apoyos necesarios logró el beneplácito de la Corona, que vio finalmente en esta fábrica un ejemplo encomiable y digno de elogio por fomentar de manera clara la economía nacional. Esta fábrica respondía a las ideas de ilustrados como Campomanes, que propugnaban el desarrollo industrial de las zonas rurales para diversificar la economía. Conseguido el favor de la Corona ésta le permitió colocar su escudo en la fachada y anteponer al nombre de la fábrica la palabra “Real” a pesar de ser un
proyecto particular. Tras ese inicial retraso, su actividad industrial comenzó definitivamente en 1790.

En un principio la fábrica se desarrolló rápidamente y en 1793 se realizaba una ampliación, construyéndose un largo pabellón al norte de la primera construcción conformando así una gran planta en forma de “U” cuya fachada principal daba al sur, a la plaza de San Francisco.

Dos años después, el 28 de mayo de 1795, Pérez Íñigo recibió la visita de Jovellanos, el cual mostró gran admiración por este proyecto tan beneficioso para un país que basaba su economía en la agricultura. En su diario dejó escrita una interesante descripción laudatoria muestra de la grata impresión que le causó.

En 1800, en pleno apogeo, Pérez Íñigo volvió a ampliar la fábrica y construyó en el lado oeste de la misma plaza de San Francisco una escuela de hilazas para el abastecimiento de la fábrica y para la formación de sus operarios, en la que aprendieron hasta cuarenta familias. En estos momentos llegó a tener treinta telares.

En diciembre de 1806 falleció su fundador, lo que en principio no supuso un menoscabo grave. Este contratiempo dio lugar a que su viuda, su hijo José Joaquín y su yerno Miguel de Mateo crearan una nueva compañía mercantil encargada de la gestión de la fábrica.

La Guerra de la Independencia sí la afectó notablemente, no tanto por la ausencia de producción, sino por las requisas e impagos, comenzando con ello un lento declive. No obstante a la inestabilidad política y económica se le unió la falta de modernización de la planta, la competencia de Ezcaray y especialmente de otras regiones españolas y la ausencia de agua constante con la que mover sus maquinarias. Otros períodos de inestabilidad, como el Trienio liberal y la Primera Guerra Carlista, también afectaron. A ello se sumó el fallecimiento de José Joaquín Pérez Íñigo en 1824 y de Miguel de Mateo en 1834. Finalmente su actividad cesó en 1838.

Eugenio de Larruga, gran conocedor y estudioso de la actividad industrial española y autor de una magna obra sobre la situación industrial de España a finales del siglo XVIII y principios del XIX, vivió los avatares que sufrió en un principio la fábrica y la ponderó como la iniciativa privada industrial más importante de toda España, defendiéndola de los incomprensibles y absurdos ataques recibidos inicialmente desde Madrid.

Para saber más: DÍEZ MORRÁS, F. J., “Tiempo de cambios. Santo Domingo de la Calzada entre el Absolutismo y el primer Liberalismo”, en DÍEZ MORRÁS, F. J., FANDIÑO GÓMEZ, R. G. y SÁEZ MIGUEL, P., Historia de la ciudad de Santo Domingo de la Calzada, Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 2009.

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