“El Demócrata riojano”, un efímero semanario republicano calceatense de principios del siglo XX

“El Demócrata riojano”, un efímero semanario republicano calceatense de principios del siglo XX

El semanario El Demócrata riojano es uno de aquellos interesantes y desconocidos proyectos periodísticos calceatenses de principios del siglo XX. Su nacimiento es muestra de la intensa actividad política que se vivía en ese momento en la ciudad, y un ejemplo de aquellas publicaciones que surgieron entonces en España como voceros de las distintas tendencias políticas e ideológicas. A pesar de su breve trayectoria, su fundación abría tres intensas décadas de conflictos entre el sector liberal-republicano, cuya personalidad más importante sería el abogado Alejandro Gallego Benito, y los sectores más conservadores de la ciudad y de la provincia. El agrio enfrentamiento que provocó entre ambos grupos el nacimiento de la publicación, marcaría la trayectoria política de su fundador y ofrece una primera explicación sobre el trágico final de éste producido el 4 de septiembre de 1936 frente al cementerio de Hormilla.

Porque uno de los primeros episodios de ese largo camino de disputas políticas fue la censura eclesiástica que sufrió este interesante proyecto editorial iniciado por Gallego a finales de 1908. Apenas dos meses después de la salida del primer número las jerarquías eclesiásticas calceatense y diocesana conseguían suspender su impresión. No obstante este contratiempo no arredraría al letrado calceatense, que mantendría durante toda su vida una activa y polémica militancia política llena de encontronazos con aquellos que promovieron el cierre de su publicación.

VOZ DEL REPUBLICANISMO COMARCAL

El primer ejemplar del semanario, que salió al precio de 5 céntimos, veía la luz en Santo Domingo de la Calzada el 7 de noviembre de 1908. Desde el inicio contó con el significativo apoyo de un buen grupo de empresarios, comerciantes y profesionales calceatenses afines al republicanismo, los cuales aportaron el capital y patrocinio necesarios. Este tipo de colaboración era habitual en la prensa del momento. Además del propio Alejandro Gallego entre ellos se encontraba su padre, Fermín Gallego, comerciante de tejidos y representante de la fábrica de harinas de Leiva. También apoyaba la publicación Francisco Espiga, de oficio “tablajero”, o lo que es lo mismo, carnicero, el procurador y corresponsal del diario La Rioja, José Ruiz de la Cuesta, el transportista Salvador López, el tratante Robustiano Pérez, el cordelero Francisco Olmos, Zacarías Riaño, ferretero, el alpargatero y cordelero Faustino Ibáñez, el propietario de una fábrica de curtidos, Ángel Barrios, la fonda “La Estrella”, el almacenista Antonio Riaño, el zapatero Juan García, la fábrica de chocolates “Vda. de Francisco González”, el también almacenista Manuel Ortega, la fábrica de tejas y ladrillos “Labarga e Hidalgo”, cuyo representante era el republicano Máximo Bustillo, el curtidor Pedro Zuazo y el quincallero y paquetero Germán Gómez.

Ya desde las últimas décadas del siglo XIX existía en Santo Domingo de la Calzada un significativo número de republicanos. Precisamente el 12 de agosto de 1908, unos meses antes del nacimiento del semanario, se habían cumplido 25 años del fusilamiento de los cuatro sargentos del Regimiento de Numancia levantado en la ciudad en 1883, y los republicanos locales habían celebrado la fecha con una misa a la que asistieron familiares de alguno de los sargentos, repartiéndose además pan a los pobres.

El semanario nacía como voz republicana altorriojana, si bien era la actualidad política calceatense la que marcaría su breve trayectoria. El primer artículo, firmado por el propio Alejandro Gallego, tenía por título “Para que viene a la vida EL DEMÓCRATA RIOJANO”, respondiendo: “Para que la verdad resplandezca y no perduren por más tiempo los efectos de la calumnia; para orientar a la opinión pública en los ideales de justicia…”.

El tono crítico se aprecia claramente desde el inicio del texto y también la dirección de esas críticas, la Iglesia, señalando sobre ella que “ofreciendo un edén ultratumba tratan de cobrar adelantado, hipotecando en su provecho exclusivo el usufructo de la tierra y los goces de la vida”. No obstante, aunque la dirección de las palabras era clara, en realidad el texto no era un alegato antirreligioso o anticatólico, aunque sí anticlerical, pues Gallego continuaba diciendo que “merece nuestro más profundo respeto, nuestro cariño y aún nuestra veneración el sacerdote virtuoso que, siguiendo las enseñanzas del Evangelio, dedica sus afanes al amparo del desvalido…”.

A pesar de esta última aclaración, o quizás precisamente debido a ella, el texto hirió profundamente a las autoridades eclesiásticas de la ciudad, las cuales se dieron por aludidas, y a otros sectores y colectivos ligados a la Iglesia, los cuales vieron en él una agresión peligrosa que era necesario atajar y censurar. La influencia política y social que entonces poseía la Iglesia permitiría conseguir dicha censura. En definitiva, no sentó demasiado bien en la clerecía calceatense más conservadora una postura tan clara del joven letrado en una ciudad en la que la tradición eclesiástica era fuerte, antigua y patente. Muy pronto se moverían los hilos necesarios para conseguir la suspensión de la publicación.

UNA DURA CAMPAÑA DE DESPRESTIGIO PERSONAL

Desde la salida del primer número del semanario la Iglesia local comenzó a dar una serie de movimientos tendentes a la cancelación del semanario y alguno de sus miembros instigó una paralela campaña pública de desprestigio dirigida hacia su director. El antiliberalismo y antirrepublicanismo del clero calceatense y regional se venía manifestando de forma ostensible en los últimos años del siglo XIX. Joaquín Linaje y Pineda, que en febrero de 1889 había exhortado a los sacerdotes para que predicasen la abstención de leer periódicos liberales, vio como se le abría una causa judicial por sus palabras. Pero no se conformaría sólo con eso sino que predicaría durante varios domingos contra el “error maldito del liberalismo” señalando que los católicos no debían votar a los liberales, llegando también a afirmar que no absolvería al que cometiese tal pecado. En el procedimiento judicial el cabildo catedralicio, el vicario y el clero local y comarcal le darían su total apoyo. Finalmente el juez de primera instancia de la ciudad no le condenaría, aunque sí la Audiencia Provincial.

Ese antiliberalismo de la Iglesia calceatense se mantendría plenamente vivo y un nuevo ejemplo sería el cierre del semanario y los movimientos para su consecución. Así, el 9 de noviembre, dos días después de su salida a la calle, Manuel San Román Elena, Administrador Apostólico de la diócesis de Calahorra y La Calzada, con el título de Obispo de Melasso –hay que recordar que desde el año 1892 y hasta 1927 esta diócesis careció de obispo titular, siendo regida en este período por un Administrador Apostólico bajo jurisdicción eclesiástica del Arzobispo de Burgos-, remitía una carta al canónigo calagurritano Ramón Galindo con el fin de que éste emitiese un juicio sobre el primer número del El Demócrata riojano “a los efectos de la prohibición de su lectura”. Al día siguiente Galindo respondía entre otras cosas que “aparecen en dicho ejemplar afirmaciones que hacen sospechar ideas religiosas poco sanas y falta de respeto al clero católico a la vez que se revela el propósito de emprender una campaña temeraria, injusta y escandalosa”. En fin, las autoridades eclesiásticas se veían agraviadas, por lo que entendían que la publicación era un peligro real.

Por otro lado, como se ha señalado, el propio clero dio comienzo a una campaña de denigración hacia Alejandro Gallego. En el católico Diario de la Rioja un sacerdote anónimo escribía el mismo día 9 de noviembre una invectiva personal en la que no se mencionaba el nombre de Gallego pero que todos en la ciudad vieron que se dirigía hacia él. En ella se le acusaba de la manera más burda de herir los sentimientos religiosos –hay que repetir que las críticas del político calceatense no iban hacia el catolicismo, sino hacia el acomodado y conservador clero- llegando a calificarle de “vil insecto que se arrastra por la tierra alimentándose de porquerías y escupiendo su baba inmunda”. Como se ha señalado, aunque en el artículo no se mencionaba expresamente a Gallego, todo el mundo vio que era él la diana receptora de esos dardos. Así, las reacciones en defensa del político calceatense no se hicieron esperar. En el periódico liberal La Rioja del día 11 de noviembre, José Ruiz de la Cuesta, reconocido republicano local, hablaba del “caballeroso y competente abogado don Alejandro Gallego, por sus esfuerzos en bien del pueblo y de la libertad”. Por su parte Gallego, herido su honor, se interesó por la autoría de aquellos insultos llegando a preguntarle al abad de la Catedral, Agustín Prior, si había sido él su autor. Finalmente, sin duda ante la presión existente, fue Serafín Catalina Martínez, presbítero beneficiado de la Catedral, quien apareció dando razón de esas palabras y ofreciendo unas poco convincentes explicaciones en una carta publicada en La Rioja. En ellas, sorprendentemente, señalaba que las palabras ofensivas no iban dirigidas a Gallego.

Unas semanas más tarde, concretamente el día 28 de noviembre, el corresponsal de La Rioja volvía a criticar la campaña de insultos que continuaba contra el abogado y político calceatense y a dedicar una nueva defensa y loa del mismo porque “demostró siempre su cariño al obrero y al desvalido” y es “uno de los concejales que más se sacrifica por defender los intereses de la ciudad”. Finalmente, ante la no cesación de esa campaña de desprestigio, Gallego denunció en el juzgado por injurias graves a Serafín Catalina, que no compareció ante la primera citación de los tribunales, aunque otro sacerdote enviado por él, Santiago Gil, presentaría en su nombre un escrito de defensa en el que aquel no entraba en el fondo del asunto y alegaba un conflicto de jurisdicción, artimaña procesal utilizada para demorar, por lo menos temporalmente, la continuación del proceso penal.

LA SUSPENSIÓN DEL SEMANARIO

Como se puede observar, la controversia estaba muy lejos de resolverse de forma amistosa y prueba de ello es que unas semanas después, el 4 de enero del nuevo año 1909, desde la catedral de Santo Domingo de la Calzada el canónigo Juan Villaverde, en carta dirigida al Administrador Apostólico y Obispo de Melasso señalaba que El Demócrata riojano “va de mal en peor… y urge, a mi juicio, poner coto a sus demasias”. Como apoyo adjuntaba además un oficio del presidente del Círculo Católico local cuyo contenido desconocemos pero que podemos suponer iba en una misma dirección crítica.

Todo parece indicar que el asunto se agilizó en horas en perjuicio de Gallego y la publicación que dirigía, pues al día siguiente el mismo Juan Villaverde remitía una nueva carta al Administrador Apostólico indicándole que había mantenido una conversación con el impresor del semanario, Hermenegildo Ortega, para pedirle explicaciones y que éste le había dicho que su compromiso con los redactores llegaba “hasta que lo prohíba la autoridad eclesiástica”. Esta respuesta abría de par en par las puertas para la cancelación de la impresión del semanario, quedando allanado el camino al ser únicamente necesaria una expresa prohibición eclesiástica para proceder. Como consecuencia de ello Villaverde solicitaba al Administrador Apostólico de forma inmediata un “oficio prohibitivo” que validase esa cancelación con el fin de que no saliese a la calle el siguiente número.

Y así fue. Aunque a día de hoy desconocemos el contenido de dicho oficio, éste llegó, pues la publicación se suspendió. Unos días después, el 12 de enero, el diario La Rioja informaba de que Alejandro Gallego se había reunido en Haro el día 10 con liberales de aquella ciudad con el fin de imprimir allí el semanario aumentando sus dimensiones y añadiendo colaboraciones “de ilustrados liberales de Haro” haciendo de la publicación “verdadera arma de defensa de la política liberal, tan combatida, como en ningún otro distrito [electoral] por el clericalismo”. Nada achantaba a Gallego y a los republicanos calceatenses en su afán por hacer política y crítica social mediante la escritura.

El cierre del semanario respondía a un ambiente antirrepublicano y antiliberal de buena parte de la Iglesia local y regional y de otros sectores tradicionalistas. No obstante, no parece que todos los eclesiásticos mostrasen esa misma animadversión y oposición a los republicanos. El sacerdote calceatense Santiago Gil, antes mencionado, había oficiado la misa celebrada ese mismo año 1908 en recuerdo de los sargentos republicanos fusilados en 1883, lo que ocasionó grandes críticas que consiguieron que al año siguiente no se celebrase ceremonia religiosa alguna en el mismo homenaje.

(Más información en revista Piedra de Rayo, 40 (2012), pp. 62-71).

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